viernes, 24 de febrero de 2017

REENCARNACIÓN

(Viene del artículo anterior: Los distintos cuerpos del hombre)

Las religiones de Occidente, como el cristianismo, el judaísmo o el Islam no contemplan las vidas sucesivas, algo que sí es común a las religiones de Oriente, como budismo, hinduismo, etc. No obstante, algunas religiones occidentales, en su origen, sí creían en la reencarnación. El cristianismo original, hasta el siglo V en que se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, creía en la transmigración de las almas. De hecho, Orígenes (185-254 d.C.), uno de los maestros más importantes de la Iglesia primitiva, en su obra, De principis, llegó a afirmar lo siguiente:

«Cada alma viene a este mundo fortalecida por las victorias o debilitada por los defectos de su vida anterior. El lugar honorable o deshonroso que le es asignado en este mundo, viene determinado por sus méritos o deméritos previos. Y su trabajo en este mundo determina a su vez el lugar que se le asignará en el que debe seguir a este».

A partir del siglo V se intentó borrar toda referencia a la reencarnación tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento. Y lo hizo precisamente un emperador romano, Justiniano. Pero, aunque este hecho sigue influyendo en muchos cristianos, como en la religión Católica, que ni siquiera la contemplan, también es cierto que actualmente hay otros muchos que la consideran válida y mucho más justa que cualquier otra doctrina. Estos, entre los cuales me incluyo, consideran que, aunque Justiniano ordenase hacer desaparecer toda referencia a la doctrina de la reencarnación en la Biblia y otros escritos cristianos, aún se conservan en estos vestigios que nos hablan claramente de ello.
También Jesús dio una enseñanza velada al gran público pero revelada únicamente a sus discípulos más cercanos. Sobre esto, el Evangelio de San Marcos nos dice lo siguiente:

«Y les anuncia la Palabra con parábolas como estas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».
Marcos, 4:33,34

O también:

«¿Por qué les hablas en parábolas? Y les respondió: Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no se les ha dado... Por eso les hablo en parábolas, porque ellos viendo no miran y oyendo no escuchan, ni entienden».
Mateo 13:11,13.

En el Nuevo Testamento encontramos varias explicaciones del mismo Cristo que se refieren al hecho de la reencarnación. Por ejemplo, aquel pasaje del ciego de nacimiento:

«Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciese ciego? Respondió Jesús: Ni este pecó, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él».
Juan 9: 1,2

Aquí vemos, en la propia pregunta formulada por sus discípulos (quién pecó este o sus padres), que no pueden habla de otra cosa sino de la reencarnación. En efecto, el ciego no puede haber pecado en la vida que estaba viviendo, pues su ceguera es de nacimiento. A lo sumo tendría que haberlo hecho en una vida anterior, lo que demuestra que los discípulos, estaban al corriente de la doctrina de la reencarnación, pues si no, al tratarse de un ciego de nacimiento, no le hubieran preguntado si pecó el ciego, sino simplemente si pecaron sus padres, algo que sí era normal en el judaísmo. Los judíos consideran que el pecado de los padres recaía sobre los hijos hasta la tercera o cuarta generación.

El siguiente pasaje es muy ilustrativo:

«De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujer otro mayor que Juan el Bautista; mas el que es más pequeño en el Reino de los cielos, mayor es que él.  Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, al Reino de los cielos se hace fuerza; y los valientes lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley hasta Juan profetizaron. Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oír, oiga».
Mateo 11: 11-14

Aquí Jesús Cristo mismo dice que Juan el Bautista no es otro sino Elías. ¿Habla también de la reencarnación? Muchos así lo creemos, ya que si alguien que murió hacía ya unos cuantos siglos vuelve a estar en la tierra con otra personalidad y otro nombre, lo más fácil es creer que sea una nueva encarnación de ese espíritu.
No obstante, los que rechazan la doctrina de la reencarnación suelen decir que Elías no murió, sino que se trasladó en vida al cielo en un carro de fuego y que no quiere decir que Juan el Bautista fuera una reencarnación del profeta, sino que solo estaba influenciado por su espíritu. Pero Jesús Cristo no dice que fuera algo distinto, sino que era él (él es aquel Elías que había de venir). Este hecho concuerda con el pasaje del profeta Malaquías cuando habla de la vuelta del profeta Elías: «He aquí, yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; para que yo no venga, y hiera con destrucción la tierra» (Malaquías 4: 5,6).

Otro pasaje que también está relacionado con la reencarnación es el siguiente:

«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente».
Mateo 16: 13-16

Volvemos a ver aquí cómo los discípulos hablan abiertamente de individualidades del pasado que podrían haber encarnado de nuevo (Elías, Jeremías, o alguno de los profetas), de lo cual podemos deducir que los discípulos estaban al corriente de la doctrina de la reencarnación, pues son preguntas que no haría alguien que no estuviese de acuerdo con dicha doctrina.

Pero reflexionemos un poco: ¿Acaso hay otra creencia que sea más equilibrada que la de las vidas sucesivas, llamadas también reencarnación o renacimiento? Desde nuestro punto de vista, no la hay. Veamos por qué:
En la historia de la Humanidad solamente se han dado tres teorías de la vida dignas de tener en cuenta como soluciones al enigma de la existencia. Pasamos a detallarlas brevemente, conforme se han dictado, y dar algunos argumentos que nos conducen a preferir la doctrina del Renacimiento por ser la única que favorece el desarrollo del alma y el alcance último de la perfección:

1ª. La Teoría Materialista


Nos cuenta que toda vida es solo una corta jornada que va desde la cuna hasta la tumba, que nada hay más allá, ni Inteligencia Superior, ni Dios, ni nada que se le parezca; qué la vida es debido a una casualidad cósmica; que la mente del hombre es producto de ciertas correlaciones de la materia y que, por tanto, con la muerte y la disolución del cuerpo físico termina la existencia.

2ª. La Teoría Teológica


Proclama que justamente momentos antes de cada nacimiento es creada un alma por Dios, y esta entra en el mundo físico, en el que vive un tiempo determinado, variando de unos cuantos minutos a cierto número de años; que al término de esta corta duración de la vida, retorna, pasando por el portal de la muerte, al invisible más allá, donde permanece para siempre en un estado de felicidad o (Cielo), o de dolor (infierno), con arreglo a sus acciones durante los pocos años que estuvo en el cuerpo.

3ª. La Teoría de la Reencarnación o Renacimiento


Enseña que cada espíritu es una parte integral de Dios que contiene en sí todas las potencias divinas, así como la diminuta semilla contiene el roble gigantesco; que, como consecuencia del resultado de muchas existencias en cuerpo terrestre cada vez más perfecto, su potencial latente se va desenvolviendo lentamente hasta su máxima perfección; que ninguno de estos espíritus puede perderse, sino que todos alcanzarán la perfección y unión con Dios, llevando consigo la experiencia acumulada de sus existencias en la vida terrenal, que es el fruto de su peregrinaje a través de la materia.
Nosotros, pues, no estamos aquí por el capricho de Dios. Él  no nos ha colocado, por deleite o por antojo, a unos en un jardín y a otros en un desierto. Ni tampoco ha dado a unos un cuerpo saludable y a otros enfermedades por mero deseo arbitrario, sino que lo que somos, lo somos debido a nuestra diligencia o negligencia en esta vida o en vidas anteriores. Y lo que seamos en el futuro depende de lo que queramos ser debido a nuestro comportamiento y nuestras acciones y no del capricho de un Dios o de un destino inexorable.

La primera teoría, la materialista, la rechazamos completamente, ya que no contempla la parte divina del ser humano, que para nosotros es la única que merece la pena ser contemplada, pues creemos que la parte material existe gracias a la espiritual,  que la mantiene en pie.
De la segunda, la teológica, compartimos varios puntos de vista. Por ejemplo, que en el hombre hay un espíritu divino que después de la muerte pasa al más allá. Pero rechazamos por completo que en el corto espacio de una vida humana Dios pueda enviar a alguien eternamente a un infierno o a un Cielo. Máxime, por poner un ejemplo, cuando él mismo enviaría a unos a nacer en países donde el hambre y la pobreza están a la orden del día, y a otros en países donde hay estado de bienestar. O a unos enviaría enfermedades y a otros daría una salud de hierro.
Un Dios semejante sería tremendamente injusto y cruel y, por tanto, no merecería la consideración por parte de su creación. Así que como no creemos que Dios pueda actuar de forma tan injusta, no podemos aceptar como válida la teoría teológica, pues si nosotros queremos lo mejor para nuestros hijos, no podemos atribuir a Dios, que es el padre de todas las criaturas, semejantes crueldades.
Por lo tanto, la única teoría que, desde nuestro punto de vista, es más justa y lógica de las tres es la de la reencarnación o renacimiento, pues permite a las almas tener las mismas oportunidades de evolución e ir aprendiendo paulatinamente mediante la Ley del Karma o Causa y Efecto (más adelante hablaremos de ella) hasta alcanzar la perfección.
Pero, ¿qué es lo que reencarna? Solo la parte inmortal, la parte eterna, la que se ha venido en llamar Ego (con mayúscula) o Yo Superior[1], que es la que crea los cuerpos para tener experiencias en el plano físico. Cuando una vida termina, por ejemplo, la vida de Pepito Pérez, todo lo que ha aprendido en la existencia que acaba de dejar se lo lleva al más allá como quintaesencia y lo archiva, por así decirlo, en su Yo Superior. Pepito Pérez quedará en la memoria cósmica como una de las existencias terrenales de este Yo, pero no es el Yo, tan solo un vestido, una apariencia, una de sus existencias pasajeras.




[1] No confundir con los yos (con minúscula), que pertenecen más bien a la personalidad pasajera.

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