viernes, 24 de febrero de 2017

REENCARNACIÓN

(Viene del artículo anterior: Los distintos cuerpos del hombre)

Las religiones de Occidente, como el cristianismo, el judaísmo o el Islam no contemplan las vidas sucesivas, algo que sí es común a las religiones de Oriente, como budismo, hinduismo, etc. No obstante, algunas religiones occidentales, en su origen, sí creían en la reencarnación. El cristianismo original, hasta el siglo V en que se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, creía en la transmigración de las almas. De hecho, Orígenes (185-254 d.C.), uno de los maestros más importantes de la Iglesia primitiva, en su obra, De principis, llegó a afirmar lo siguiente:

«Cada alma viene a este mundo fortalecida por las victorias o debilitada por los defectos de su vida anterior. El lugar honorable o deshonroso que le es asignado en este mundo, viene determinado por sus méritos o deméritos previos. Y su trabajo en este mundo determina a su vez el lugar que se le asignará en el que debe seguir a este».

A partir del siglo V se intentó borrar toda referencia a la reencarnación tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento. Y lo hizo precisamente un emperador romano, Justiniano. Pero, aunque este hecho sigue influyendo en muchos cristianos, como en la religión Católica, que ni siquiera la contemplan, también es cierto que actualmente hay otros muchos que la consideran válida y mucho más justa que cualquier otra doctrina. Estos, entre los cuales me incluyo, consideran que, aunque Justiniano ordenase hacer desaparecer toda referencia a la doctrina de la reencarnación en la Biblia y otros escritos cristianos, aún se conservan en estos vestigios que nos hablan claramente de ello.
También Jesús dio una enseñanza velada al gran público pero revelada únicamente a sus discípulos más cercanos. Sobre esto, el Evangelio de San Marcos nos dice lo siguiente:

«Y les anuncia la Palabra con parábolas como estas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».
Marcos, 4:33,34

O también:

«¿Por qué les hablas en parábolas? Y les respondió: Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no se les ha dado... Por eso les hablo en parábolas, porque ellos viendo no miran y oyendo no escuchan, ni entienden».
Mateo 13:11,13.

En el Nuevo Testamento encontramos varias explicaciones del mismo Cristo que se refieren al hecho de la reencarnación. Por ejemplo, aquel pasaje del ciego de nacimiento:

«Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciese ciego? Respondió Jesús: Ni este pecó, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él».
Juan 9: 1,2

Aquí vemos, en la propia pregunta formulada por sus discípulos (quién pecó este o sus padres), que no pueden habla de otra cosa sino de la reencarnación. En efecto, el ciego no puede haber pecado en la vida que estaba viviendo, pues su ceguera es de nacimiento. A lo sumo tendría que haberlo hecho en una vida anterior, lo que demuestra que los discípulos, estaban al corriente de la doctrina de la reencarnación, pues si no, al tratarse de un ciego de nacimiento, no le hubieran preguntado si pecó el ciego, sino simplemente si pecaron sus padres, algo que sí era normal en el judaísmo. Los judíos consideran que el pecado de los padres recaía sobre los hijos hasta la tercera o cuarta generación.

El siguiente pasaje es muy ilustrativo:

«De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de mujer otro mayor que Juan el Bautista; mas el que es más pequeño en el Reino de los cielos, mayor es que él.  Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, al Reino de los cielos se hace fuerza; y los valientes lo arrebatan. Porque todos los profetas y la ley hasta Juan profetizaron. Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tiene oídos para oír, oiga».
Mateo 11: 11-14

Aquí Jesús Cristo mismo dice que Juan el Bautista no es otro sino Elías. ¿Habla también de la reencarnación? Muchos así lo creemos, ya que si alguien que murió hacía ya unos cuantos siglos vuelve a estar en la tierra con otra personalidad y otro nombre, lo más fácil es creer que sea una nueva encarnación de ese espíritu.
No obstante, los que rechazan la doctrina de la reencarnación suelen decir que Elías no murió, sino que se trasladó en vida al cielo en un carro de fuego y que no quiere decir que Juan el Bautista fuera una reencarnación del profeta, sino que solo estaba influenciado por su espíritu. Pero Jesús Cristo no dice que fuera algo distinto, sino que era él (él es aquel Elías que había de venir). Este hecho concuerda con el pasaje del profeta Malaquías cuando habla de la vuelta del profeta Elías: «He aquí, yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; para que yo no venga, y hiera con destrucción la tierra» (Malaquías 4: 5,6).

Otro pasaje que también está relacionado con la reencarnación es el siguiente:

«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. El les dice: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente».
Mateo 16: 13-16

Volvemos a ver aquí cómo los discípulos hablan abiertamente de individualidades del pasado que podrían haber encarnado de nuevo (Elías, Jeremías, o alguno de los profetas), de lo cual podemos deducir que los discípulos estaban al corriente de la doctrina de la reencarnación, pues son preguntas que no haría alguien que no estuviese de acuerdo con dicha doctrina.

Pero reflexionemos un poco: ¿Acaso hay otra creencia que sea más equilibrada que la de las vidas sucesivas, llamadas también reencarnación o renacimiento? Desde nuestro punto de vista, no la hay. Veamos por qué:
En la historia de la Humanidad solamente se han dado tres teorías de la vida dignas de tener en cuenta como soluciones al enigma de la existencia. Pasamos a detallarlas brevemente, conforme se han dictado, y dar algunos argumentos que nos conducen a preferir la doctrina del Renacimiento por ser la única que favorece el desarrollo del alma y el alcance último de la perfección:

1ª. La Teoría Materialista


Nos cuenta que toda vida es solo una corta jornada que va desde la cuna hasta la tumba, que nada hay más allá, ni Inteligencia Superior, ni Dios, ni nada que se le parezca; qué la vida es debido a una casualidad cósmica; que la mente del hombre es producto de ciertas correlaciones de la materia y que, por tanto, con la muerte y la disolución del cuerpo físico termina la existencia.

2ª. La Teoría Teológica


Proclama que justamente momentos antes de cada nacimiento es creada un alma por Dios, y esta entra en el mundo físico, en el que vive un tiempo determinado, variando de unos cuantos minutos a cierto número de años; que al término de esta corta duración de la vida, retorna, pasando por el portal de la muerte, al invisible más allá, donde permanece para siempre en un estado de felicidad o (Cielo), o de dolor (infierno), con arreglo a sus acciones durante los pocos años que estuvo en el cuerpo.

3ª. La Teoría de la Reencarnación o Renacimiento


Enseña que cada espíritu es una parte integral de Dios que contiene en sí todas las potencias divinas, así como la diminuta semilla contiene el roble gigantesco; que, como consecuencia del resultado de muchas existencias en cuerpo terrestre cada vez más perfecto, su potencial latente se va desenvolviendo lentamente hasta su máxima perfección; que ninguno de estos espíritus puede perderse, sino que todos alcanzarán la perfección y unión con Dios, llevando consigo la experiencia acumulada de sus existencias en la vida terrenal, que es el fruto de su peregrinaje a través de la materia.
Nosotros, pues, no estamos aquí por el capricho de Dios. Él  no nos ha colocado, por deleite o por antojo, a unos en un jardín y a otros en un desierto. Ni tampoco ha dado a unos un cuerpo saludable y a otros enfermedades por mero deseo arbitrario, sino que lo que somos, lo somos debido a nuestra diligencia o negligencia en esta vida o en vidas anteriores. Y lo que seamos en el futuro depende de lo que queramos ser debido a nuestro comportamiento y nuestras acciones y no del capricho de un Dios o de un destino inexorable.

La primera teoría, la materialista, la rechazamos completamente, ya que no contempla la parte divina del ser humano, que para nosotros es la única que merece la pena ser contemplada, pues creemos que la parte material existe gracias a la espiritual,  que la mantiene en pie.
De la segunda, la teológica, compartimos varios puntos de vista. Por ejemplo, que en el hombre hay un espíritu divino que después de la muerte pasa al más allá. Pero rechazamos por completo que en el corto espacio de una vida humana Dios pueda enviar a alguien eternamente a un infierno o a un Cielo. Máxime, por poner un ejemplo, cuando él mismo enviaría a unos a nacer en países donde el hambre y la pobreza están a la orden del día, y a otros en países donde hay estado de bienestar. O a unos enviaría enfermedades y a otros daría una salud de hierro.
Un Dios semejante sería tremendamente injusto y cruel y, por tanto, no merecería la consideración por parte de su creación. Así que como no creemos que Dios pueda actuar de forma tan injusta, no podemos aceptar como válida la teoría teológica, pues si nosotros queremos lo mejor para nuestros hijos, no podemos atribuir a Dios, que es el padre de todas las criaturas, semejantes crueldades.
Por lo tanto, la única teoría que, desde nuestro punto de vista, es más justa y lógica de las tres es la de la reencarnación o renacimiento, pues permite a las almas tener las mismas oportunidades de evolución e ir aprendiendo paulatinamente mediante la Ley del Karma o Causa y Efecto (más adelante hablaremos de ella) hasta alcanzar la perfección.
Pero, ¿qué es lo que reencarna? Solo la parte inmortal, la parte eterna, la que se ha venido en llamar Ego (con mayúscula) o Yo Superior[1], que es la que crea los cuerpos para tener experiencias en el plano físico. Cuando una vida termina, por ejemplo, la vida de Pepito Pérez, todo lo que ha aprendido en la existencia que acaba de dejar se lo lleva al más allá como quintaesencia y lo archiva, por así decirlo, en su Yo Superior. Pepito Pérez quedará en la memoria cósmica como una de las existencias terrenales de este Yo, pero no es el Yo, tan solo un vestido, una apariencia, una de sus existencias pasajeras.




[1] No confundir con los yos (con minúscula), que pertenecen más bien a la personalidad pasajera.

jueves, 16 de febrero de 2017

LOS DISTINTOS CUERPOS DEL HOMBRE

Continuación del artículo anterior: Vislumbres de la ciencia Divina


Cuerpo Físico


Todo lo que vemos con los ojos físicos cuando alguien se pone a nuestro alcance y lo que la ciencia puede estudiar acerca de su composición física y química constituye el cuerpo físico de esa persona, es decir, por un lado está la anatomía, que se compone de átomos, células, órganos, tejidos, sistemas y aparatos; y por el otro, la fisiología, que estudia sus funciones. Estas últimas, para el investigador espiritual, pueden ser posible gracias al cuerpo etérico, que efectúa las diversas funciones corporales, como la asimilación de los alimentos, la excreción, la propagación, la percepción sensorial y la memoria.
Por lo tanto, el cuerpo físico para la ciencia espiritual correspondería a la anatomía del hombre propiamente dicha y el cuerpo etérico a su fisiología, según el siguiente esquema:

Cuerpo Físico: cuerpo denso y cuerpo etérico

a)     Cuerpo Denso: sólidos, líquidos y gases (átomos, células, órganos, tejidos sistemas y aparatos)

b)    Cuerpo Etérico: compuesto por 4 éteres de mayor a menor densidad: éter químico, éter vital, éter luminoso y éter reflector, que se ocupan de las funciones corporales (la asimilación de los alimentos, la excreción, la propagación, la percepción sensorial y la memoria)

Cuerpo Denso.— Fijémonos, por ejemplo,  por un momento, en la maravillosa estructura la parte densa del cuerpo físico:
En primer lugar, y en el interior, tenemos el Aparato Locomotor, y en particular  los huesos, encargados de sujetar todo el peso del resto del cuerpo. A poco que lo estudiemos, nos daremos cuenta de su sencillez y, al mismo tiempo, de su gran complejidad. El esqueleto es, sin duda, la más inteligente y mayor obra de ingeniería jamás realizada, pues está diseñado de tal forma, que puede sujetar una gran cantidad de peso en el menor espacio posible. Además, junto con las articulaciones y los músculos, se mantiene flexible por algunas partes sin que se dañe nada de su estructura, algo que, sin duda, ocurriría si simplemente se doblarán las partes rígidas sin más, por ejemplo, al doblar la rodilla o el brazo…
Cada órgano tiene una maravillosa función que, en condiciones saludables, ejerce a la perfección. Echemos un vistazo al hígado, por ejemplo. Es el gran laboratorio del cuerpo y uno de sus órganos más importantes, y sus funciones son la de sintetizar las proteínas plasmáticas, acción desintoxicante, almacenar las vitaminas y el glucógeno. Además, es el responsable de limpiar la sangre eliminando las sustancias que puedan ser nocivas para el organismo transformándolas en inocuas.
Lo anterior es para que nos demos cuenta de lo importante del cuerpo físico y lo inteligentemente construido que está. Para no aburrir al lector con un extenso tratado de anatomía, pararemos aquí, ya que nuestra intención es que se capte la idea de su complejidad y que, a nuestro modo de entender, solo una inteligencia superior puede estar detrás de semejante perfección de la Naturaleza.

Cuerpo Etérico. — El cuerpo etérico es un doble del cuerpo físico, aunque invisible para el ojo físico, se trata más bien de un cuerpo energético que se mantiene unido al cuerpo físico. Como hemos dicho, está compuesto por 4 éteres, que son los que están detrás de las funciones corporales, como, por ejemplo, las del hígado, que hemos citado anteriormente.

·      Éter Químico. Es el encargado de las funciones de asimilación y excreción del cuerpo humano. Las fuerzas de asimilación se ocupan de llevar los elementos nutritivos extraídos de los alimentos a todas las células del cuerpo. Las de excreción expelen del organismo humano los elementos que no le son necesarios o que ya han agotado su utilidad. Este éter tiene dos polos, uno positivo y otro negativo. Por el polo positivo realiza las tareas de asimilación, y por negativo, las de excreción.

·      Éter Vital. Como su nombre indica, se trata del éter que se ocupa de la propagación de la especie. También tiene dos polos. Las fuerzas del polo positivo son las que actúan en la hembra durante el periodo de gestación; y las del polo negativo se ocupan de la producción de semen en el macho.

·      Éter Luminoso. Este éter también tiene polo positivo y negativo. Por el polo positivo genera el calor de la sangre en las especies animales superiores y en el hombre. Las fuerzas que actúan por el polo negativo se ocupan de las funciones de los cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. En los animales de sangre fría, el polo positivo es el conductor que hace circular la sangre. El polo negativo tiene la misma función que en el caso de los animales superiores. Si no tuviesen ojos, se construyen órganos de sensación, como ocurre con los que tienen esos órganos. En las plantas, el polo positivo produce la circulación de la savia; y el polo negativo deposita la clorofila y colorea las flores.

·      Éter Reflector. Recibe este nombre principalmente por dos motivos: a) porque las imágenes que hay en él son reflejos de la memoria de la naturaleza, la cual se encuentra en un plano mucho más elevado. Los clarividentes desarrollados nunca leen en el éter reflector porque las imágenes que hay en él son borrosas e imprecisas comparadas con las que se encuentran en el plano superior; b) este éter es también el medio por el que el pensamiento impresiona el cerebro humano desde el Mundo del Pensamiento (uno de los planos de existencia espiritual).



Cuerpo de Deseos o Astral


Hemos visto que en el hombre, además de una parte material, existían sentimientos, deseos y pensamientos. Los sentimientos y deseos no tienen nada que ver con la parte física y constituyen, por así decirlo, un cuerpo aparte, aunque integrado de tal forma en el físico que creemos que pertenece al mismo.
Podemos decir que el cuerpo físico nos proporciona la estructura material dentro de una forma, en nuestro caso, la forma humana. Pero si no fuera por el cuerpo vital esta masa corporal permanecería inerte, sin vida. Para que tenga vida nos ha sido proporcionado el cuerpo vital. Pero aún estaríamos como si fuéramos una planta, un vegetal si los deseos y emociones no nos proporcionaran el interés y el deseo por las cosas de nuestro entorno. De esto se encarga el cuerpo de deseos.
Por lo tanto, todos los sentimientos y deseos expresados por el hombre y los animales proceden de su cuerpo astral o de deseos.

Cuerpo Mental


El cuerpo mental proporciona al hombre el raciocinio, las ideas y todo lo relacionado con la labor intelectual. Asimismo, actúa de freno para los sentimientos y deseos negativos que no se adapten a la moral y al bien común.
Existen otros cuerpos además de los mencionados, pero en el actual periodo evolutivo solo son importantes estos cuatro.
Los animales, por ejemplo, aún no poseen cuerpo mental, solo físico, vital y de deseos. Por eso no pueden refrenar sus instintos y se lanzan en pos de sus deseos sin ningún freno ni razón que los detenga. Solo los puede detener un ser superior a él, como el hombre, actuando con la inteligencia que le proporciona la mente.
En resumen, con el cuerpo físico y etérico podemos existir y movernos, pero, si no fuera por el cuerpo astral, este movernos e ir de aquí para allá sería una cosa sin sustancia, sin incentivo, sería un movernos sin ton ni son. El que hace que el movimiento tenga sentido y nos proporciona el aliciente es el cuerpo astral a través de sus deseos y sentimientos. Pero estos deseos pueden engañarnos y llevarnos por caminos involutivos y perjudiciales, tanto para nosotros como para nuestros semejantes. Para que esto no ocurra y podamos frenar este tipo de deseos, dominarlos y hacer que se inclinen hacia el bien disponemos del cuerpo mental. En efecto, con él podemos reflexionar sobre el deseo positivo y negativo, el que nos perjudica a nosotros o a nuestro prójimo o sobre aquel que puede ayudarnos a ambos.

El cuerpo mental también nos proporciona las ideas que serán la base sobre las que iremos construyendo nuestro mundo físico. Estas ideas son en verdad mucho más reales que su realización material. Es decir, por un lado tenemos la idea de la casa, y por el otro, la casa en sí que terminará construyéndose a partir de esa idea. A simple vista parece que la casa es más real que la idea, pero la idea de la casa permanecerá siempre que alguien la tenga en su cabeza y con ella podrá volver a construirla.  Sin embargo, si la casa se derrumba y nadie tiene la idea de su construcción, nunca más podrá volver a construirse.


La semana que viene hablaré de la Reencarnación

miércoles, 8 de febrero de 2017

VISLUMBRES DE LA CIENCIA DIVINA


Bajo el título Vislumbres de la ciencia Divina intentaré plasmar las conjeturas, intuiciones y conclusiones a las que he llegado a lo largo de mi vida buscando, analizando y reflexionando sobre las grandes preguntas que todo hombre se ha hecho alguna vez en su vida ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿de dónde procede el Universo?, ¿qué hacemos aquí?, ¿a dónde vamos?...
No quiero que se entienda que lo que voy a explicar aquí son verdades absolutas o definitivas, pues como el título dice son simplemente vislumbres, los juicios que me he formado al estudiar las grandes obras de los maestros espirituales de todas las épocas y observar los indicios y efectos relacionados con la ciencia sagrada, después de meditarlos y analizarlos internamente. El lector debe decidir, con su análisis y juicio interno, si lo que aquí se explica obedece o no a la verdad, pues será su propio ser espiritual el que le informe, aunque a veces sea de forma velada como a la mayoría de los seres humanos. El propio San Pablo dijo que aquí (en el plano físico) «vemos como por un espejo, oscuramente». Lo que quiere decir que, aunque no todo, si nos aplicamos en su estudio, algo podemos percibir de la ciencia Divina. Y Hermes Trimegisto (tres veces maestro) dejó escrito: «Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba». Lo que significa que si estudiamos los hechos y símbolos del mundo físico llegaremos a descubrir lo que ocurre en el Mundo Espiritual. O, lo que es lo mismo: si analizamos las leyes del mundo material, descubriremos las del mundo espiritual. Esta premisa hermética puede ponerla en práctica cualquiera que se interese por descubrir las verdades espirituales, pues hoy sigue tan vigente como cuando fue formulada.
No es el cometido de esta obra hablar de grandes tratados espirituales, ni de términos complicados, ni de ciencias difíciles de entender. Me he propuesto ser sencillo y hacerme entender lo máximo posible. Aunque con esto no quiero decir que la Gran Ciencia Divina sea una ciencia sencilla, sino solamente que intentaré traducir mis intuiciones y conclusiones sobre ella a un lenguaje que pueda ser entendido por la gran mayoría de personas, algo que no siempre resultará fácil, dado el nivel tan profundo de algunos temas que se tocarán.


Composición del hombre


Cuando nos contemplamos en un espejo vemos nuestra imagen reflejada en él y suponemos que somos lo que estamos viendo: una forma física que nos caracteriza y nos hace diferentes a los demás. Es cierto, somos lo que estamos viendo, pero no solo eso, sino también algo más, algo que no alcanza a ver nuestro sentido de la vista, pero que sabemos que está ahí. Me refiero al sentimiento y al pensamiento. Si no fuéramos más que un cuerpo físico, seríamos semejantes a la piedra o a cualquier objeto inanimado del mundo material. Pero nos movemos y tenemos sentimientos y pensamientos. Por tanto, no somos solo cuerpos con una forma física, sino seres que son capaces de moverse, sentir y pensar. Pero el sentir y pensar no podemos observarlo con la vista ordinaria, es necesario experimentarlo en nuestro interior. Entonces, ¿qué es esto que experimenta?, ¿qué es esto que hace que podamos movernos, sentir y pensar?, ¿dónde se encuentra?, ¿pertenece al cuerpo físico o dentro del cuerpo físico hay otros cuerpos?
Estas preguntas llevaron a los antiguos filósofos a preguntarse sobre la composición del hombre y llegaron a la conclusión de que este se componía de una parte material tangible (cuerpo) y una parte espiritual invisible (alma). Más tarde, algunos pensadores dividieron al hombre en tres partes: una parte material (cuerpo físico); una parte espiritual (espíritu) y una parte que participa tanto de uno como de otro (alma).
Sea como fuere, lo cierto es que tenemos que reconocer que ciertas partes de nosotros mismos no son visibles para el mundo exterior, pero, sin embargo, nos pertenecen, son parte de nosotros; sin ellas no podríamos ser lo que somos. Básicamente estaremos de acuerdo en que tenemos tres partes, al menos, que podemos diferenciar si pensamos atentamente en ellas: el cuerpo, cuya forma es visible a todo el que posee el sentido de la vista; el sentimiento, que no es visible para este sentido; y el pensamiento que tampoco lo es. Si miramos a un ser humano, lo único que vemos es su aspecto físico y le suponemos sentimientos y pensamientos. Ahora bien, si no los tuviera, no podríamos saberlo con una simple mirada a su cuerpo físico. Sería necesario otro sentido, el de la vista espiritual. Pero es fácil deducir que los tiene, aunque no dispongamos de dicha visión por la manera en que se comporta en su vida diaria.
En efecto, según dijo Hermes Trimegisto: «Todo es mente, el Universo es mental». Y podemos afirmar que esto es lo más cierto que conocemos. Porque, por ejemplo, echemos un vistazo a una casa y pensemos un poco en ella. Inmediatamente vendrá a nuestra mente que, antes de ser construida,  tuvo que ser diseñada por alguien. Es decir, antes de ser algo en el mundo físico, ha sido algo en el mundo del pensamiento; antes de ser una realidad material, ha sido una idea en la mente de alguien. Así ocurre con cada proyecto que se lleva a cabo en el mundo físico: primero existe como idea y después llega a existir como realidad. Y esa idea primero está en la mente de un ser humano. De aquí podemos deducir, aunque sea someramente, que el mundo de formas construidas por el hombre y visibles por nuestro sentido de la vista existe gracias al mundo invisible de nuestra mente, de la mente de todos aquellos que lo materializaron.
Por tanto, la primera conclusión a la que llegamos es que en nosotros hay una parte invisible que crea parte de lo que es visible, ya que sin esa idea concebida por nosotros la casa de la que hablamos más arriba nunca habría podido construirse. Si no tuviéramos ideas, no podría existir nada atribuido al hombre, ninguna construcción material sería posible si solamente fuéramos una parte física visible sin capacidad para pensar y tener ideas. Pero el hombre sí que puede y, como consecuencia, muchas de estas ideas las termina llevando  a la práctica. Pero también, como hemos dicho, en el actual estado evolutivo, en el que se encuentra, puede tener sentimientos y deseos, y estos son los que le mueven a actuar en una u otra dirección, es decir, pensamientos y sentimientos se unen para llevar a la práctica un determinado tipo de acción.
Por lo que antecede, nadie dudará de que en el hombre conviven al menos tres partes: Una parte material, una parte sentimental y una parte mental. Luego ya no podemos hablar solamente de cuerpo físico en el sentido de que es lo único que existe. Así pues, aunque las tres partes permanecen unidas, para entendernos podemos llamarlas como lo han venido haciendo las distintas escuelas espirituales y herméticas: Cuerpo Físico, Cuerpo de Deseos o Astral y Cuerpo Mental. El Físico es la parte material; el de Deseos, una parte espiritual que genera sentimientos; y el Mental, una parte espiritual que genera pensamientos.
Pero el cuerpo físico, sin la parte vital no podría tener ningún movimiento. Así pues, nuestros cuerpos estarían sin movimiento, serían cuerpos físicos, con sentimientos y pensamientos pero sin poder moverse, lo que no sería muy divertido. Por lo tanto, debe existir algo más en el hombre que es lo que hace que tenga movimientos. Este algo es la parte energética, la vida. En efecto, junto a la forma física existe la energética o vital que, aunque pertenece al mundo material, no es visible. Los maestros espirituales han llamado a esta parte Cuerpo Etérico o Vital.

Pues bien, ya tenemos al hombre en la Tierra tal como lo conocemos hoy: un ser compuesto por materia, vida, sentimientos y pensamientos. O, lo que es lo mismo: Cuerpo Físico (que dividiremos en dos: Físico y Etérico), Cuerpo de Deseos o Astral y Cuerpo Mental. Estudiemos un poco más de cerca estas partes del hombre.

La próxima semana hablaré de los distintos cuerpos